Celebremos la vida silvestre

Ariel Rodríguez-Vargas

Proyecto Primates Panamá

Vida silvestre es el jaguar que aún camina por el Darién, pero también es el mono tití de nuestros parques nacionales. Es el águila harpía que sobrevuela la comarca Emberá, la rana dorada que ya casi nadie escucha en los arroyos de Coclé y el pez boca chica que remonta el río Calovébora. También lo son las iguanas, las serpientes, las tortugas marinas y los millones de invertebrados que habitan en todas partes. Pero también lo son las plantas que apenas notamos. Es el espavé, el jobo, la caoba que demora ochenta años en hacerse gigante, el níspero silvestre que alimenta a las aves migratorias y la orquídea que se aferra a las ramas más altas. Y lo son, por supuesto, esas plantas medicinales que este año el mundo ha querido honrar en el Día Mundial de la Vida Silvestre. Recordemos que todas las plantas comestibles o medicinales provienen de la flora nativa, donde los humanos por ensayo y error aprendieron a usar sus propiedades para curar dolencias.

Lo que pasa es que nos hemos acostumbrado a mirar por separado. Aprendimos en la escuela que los animales son una cosa y las plantas son otra, como si la vida funcionara por departamentos separados. Pero en el bosque no hay fronteras invisibles. Los colibríes que liban néctar no saben que están polinizando, solo saben que tienen hambre. Las abejas no tienen idea de que sin ellas la mitad de las hierbas que usamos para el dolor de estómago dejarían de existir. El murciélago que come frutos y esparce semillas no estudió ecología, pero lleva milenios sembrando bosques enteros. Todo está conectado, todo se toca, todo se necesita en este entramado que los científicos llamamos ecosistema y que los sabios ancestrales simplemente llaman hogar. Esa red infinita de relaciones, ese tejido que sostiene la vida, eso es la vida silvestre. No las piezas sueltas, sino el tapiz completo que nos cobija a todos.

Debemos ver la conservación como un proceso multidimensional. Durante décadas, las campañas se centraron en animales carismáticos como el jaguar, el águila harpía, la tortuga marina, las guacamayas, y ese enfoque logró movilizar recursos. Pero la ciencia nos ha enseñado que salvar al jaguar o al águila o a los primates es imposible si no se conserva el bosque entero que lo alberga, si no se protegen los ríos donde bebe, si no se garantizan las poblaciones de presas y si no se involucra a las comunidades humanas. La conservación abarca ecosistemas completos, desde los bosques tropicales hasta los manglares costeros. Requiere enfoques que integren el conocimiento científico con políticas públicas acertadas y participación social organizada. No basta con declarar un área protegida si luego no hay vigilancia efectiva, si las comunidades no encuentran alternativas sostenibles y si los intereses comerciales siguen presionando para talar o desarrollar minería.

Por eso pregunto si alguna vez hemos mirado realmente un bosque tropical y entendido lo que tenemos delante. Porque la biodiversidad no es un lujo, es nuestra identidad más profunda. Panamá es el puente donde las aves migratorias descansan, el corredor donde el jaguar aún puede moverse, el refugio donde el tapir encuentra agua limpia. Somos el país donde el mono aullador nos despierta al alba, donde el quetzal anida en las tierras altas, donde el manatí forrajea en Bocas del Toro. Pero también somos el país donde cada año desaparece un pedazo grande de bosque, donde los potreros avanzan hacia las fuentes de agua, donde los monocultivos eliminan biodiversidad y donde la orquídea se vende furtivamente como adorno efímero. También somos el país donde muchos sin conciencia trafican fauna o madera de árboles en peligro. Tristemente, también tenemos quienes firman concesiones de explotación minera o de puertos o de hidroeléctricas en áreas protegidas y sitios de patrimonio mundial. Incluso tenemos jueces que no creen en el principio precautorio para la conservación.

Sábila.

Y mientras tanto las plantas medicinales siguen ahí, esperando que los humanos no las quemen con herbicida. En este Día Mundial de la Vida Silvestre 2026, hagamos honor a la albahaca que crece en los patios campesinos, la hierbabuena que alivia el estómago, el toronjil que la abuela usa de medicina y la sábila que cura las quemaduras. La Organización Mundial de la Salud reconoce a estas plantas como base de la atención primaria para millones de personas. Pero su supervivencia depende de preservar la naturaleza que regula la humedad, del animal que las poliniza, del hongo asociado a sus raíces y del agua limpia que baja de la montaña. Proteger la vida silvestre no es solo salvar jaguares o águilas; es garantizar que la hierbabuena siga creciendo, que el toronjil continúe floreciendo y que la sabiduría ancestral de curar con plantas no se pierda para siempre bajo el herbicida, la motosierra o la ignorancia de quienes hoy no le dan importancia debida.