La educación ambiental tiene como misión formar conciencias.
La educación ambiental forma guardianes
Dra. Laura Patiño Cano
Existe un instante mágico, casi sagrado, que ocurre cuando un niño, por primera vez, comprende que no solo está en la naturaleza, sino que es parte de ella. No es una lección que se memoriza; es un despertar. Un latido que se sincroniza con el ritmo del bosque. Ese instante es la semilla de todo. Al celebrar el Día Mundial de la Educación Ambiental, este 26 de enero, se reconoce que ese despertar es el primer paso para formar a un guardián.
Este camino se camina con las botas embarradas de un propósito compartido. Se ha aprendido, a través de años de trabajo en conjunto, que la verdadera educación ambiental no comienza en un pizarrón, sino al romper el hielo de la indiferencia y tocar la tierra. Es ahí donde inicia la labor más profunda y hermosa: forjar un vínculo que eleve el espíritu humano para que ame, comprenda, proteja y defienda. No es una asignatura, es una transformación que se vive y se siente, un oficio que se aprende con las manos y se comparte en comunidad.
Este oficio no depende de individuos aislados. Es una vocación colectiva, tejida por equipos de voluntarios, impulsada por el apoyo de la empresa privada y fortalecida por alianzas con instituciones como el Ministerio de Educación. Se materializa en la cotidianidad del maestro que convierte el bosque en aula, o en la determinación de unos estudiantes cuyo corazón se encoge ante la muerte evitable de un mono aullador. En el Colegio de Punta Burica, esa vocación echó raíces gracias a un esfuerzo conjunto. La chispa de indignación no se apagó en lágrimas, sino que se avivó en una acción coordinada. Esos jóvenes, auténticos guardianes en formación, respondieron con el apoyo de sus profesores y de proyectos de conservación, construyendo puentes aéreos para la vida y convirtiéndose, con sus propias manos, en protectores. Ahí, en ese logro concreto y tangible, late la esencia de esta educación colaborativa.
Celebrar este día implica, entonces, reconocer el sendero que se ha abierto al formar a estos protectores mediante esfuerzos sinérgicos. Es ver los frutos cosechados por múltiples manos en la relación con los primates, con los bosques, con la biodiversidad que clama por atención. Pero la misión del guardián es aún más amplia; debe comprender la red invisible que une el agua que bebemos, el aire que compartimos, la justicia que exigimos y la salud que construimos. El bosque es el primer templo donde una comunidad amplia enseña esta lección de conexión total.
Sin embargo, el camino tiene sombras. Aún se enfrenta la superficialidad en las aulas, la cultura del descarte, la desconexión emocional. Por eso, este 26 de enero no puede ser solo una efeméride. Debe ser un recordatorio de que formar guardianes exige continuidad y cooperación. Necesita que la inspiración de un taller, apoyado por voluntarios y patrocinadores, se convierta en política pública, que el cuidado aprendido por un niño riegue la conciencia de su familia, y que la ciencia, la comunidad y las instituciones dialoguen en un mismo lenguaje de urgencia y esperanza.
Forjar esta educación para la sostenibilidad exige más que buenas intenciones. Exige coherencia y una red de formación ampliada, donde cada hilo cuenta, como la campaña radial posible gracias a un auspicio, la publicación científica, la conversación en redes sociales alimentada por equipos dedicados, y el trabajo comunitario sostenido por muchos. Es la única forma de pasar de escuchar a actuar, de ser alumnos a ser guardianes activos de la solución.
Educación ambiental es vital para las nuevas generaciones.
Y en esta formación, se buscan faros. Tras la reciente partida de Jane Goodall, científica y maestra cuyo legado encarna el espíritu del guardián, se siente con más fuerza la importancia de la inspiración colectiva. Por ello, diversas iniciativas para sembrar cultura ambiental ahora llevan su nombre, como la Escuela de Educación y Cultura Ambiental Jane Goodall. Se hace para mantener viva su forma de entender, amar y proteger, para que equipos, voluntarios y nuevas generaciones sigan inspirados por una persona que durante más de sesenta años dedicó su alma, corazón y vida a esta causa. En su ejemplo nos anclamos todos.
Hoy, al celebrar este día, se celebra esa cadena de custodia que se extiende silenciosamente entre las generaciones, tejida por esfuerzos plurales y compromisos compartidos. La ruta está trazada. Se sigue con los pies en la tierra y las manos de muchos listas para servir y proteger. Cada paso, cada puente construido por unas manos jóvenes, cada mirada que se ilumina al entender la conexión, representa un nuevo guardián que se suma. No solo para el bosque, sino para lo mejor de la comunidad humana que, al fin, asume su noble lugar en el tejido de la vida. Y eso, sin duda, es la obra más perdurable que, juntos, podemos construir.
La autora es Directora Ejecutiva de Proyecto Primates Panamá
